La esperanza fallida
x. Rosario Ibarra de Piedra

2 de enero de 2007

El tañer de las campanas me hizo recordar mis años infantiles y los que siguieron, los de la "dorada juventud". Cada año, el penúltimo día de cada uno de ellos, las iglesias se llenaban de gente buena, esperanzada en la vida futura, en la del futuro inmediato, en el año nuevo que estaba por llegar. Mi madre nos pedía que la acompañáramos a "dar gracias" y todos juntos caminábamos con ella hasta la iglesia del Sagrado Corazón, distante a escasas cuatro cuadras de aquel mi amado hogar de dulces recuerdos.

En el templo, todos de pie porque las bancas estaban ocupadas desde temprano, observaba hasta donde mi vista alcanzaba.

Llamaban mi atención los rostros de gesto satisfecho de quienes oraban silenciosamente y de vez en cuando agachaban las cabezas en señal de gratitud y de incondicional sometimiento. Eran los ricos del barrio, los señores y sus familias que no sabían lo que eran las privaciones, la escasez de todo, la renta obligada de cada mes, los muebles viejos y desvencijados, en fin, las tribulaciones desconocidas para ellos. en las que no querían ni pensar.

Luego mi mirada se empañaba de la tristeza que me producía ver a niños que quizá al salir del templo, cobijados por el calor humano que allí nos cubría, sintieran en sus cuerpecitos el frío que trae aparejado la miseria, ¡tan poca y tan pobre era su vestimenta!. pero la mirada de sus ojitos tristes se posaba en "el niño Jesús", con un rayito de esperanza, porque ansiaban recibir, como él, el regalo de los reyes, que pronto llegarían de tierras lejanas.

Seguía viéndolos a todos y encontraba rostros serios, adustos, de hombres que tal vez oraban en silencio por algo que sentían inalcanzable sin el favor del "milagro". Rostros de mujeres "entradas en años" que parecían implorar por recuperar algo de aquel pasado pleno de belleza y gracia, pero lo que abundaba en ese conglomerado era el fervor con el que se "agradecían los bienes recibidos" y la esperanza cimentada en que el nuevo año tendría que ser mejor (cosa curiosa que se espere algo mejor del año venidero, cuando cada año nuevo nos acerca más al fin).

Mi familia entera, la verdad sea dicha, sí tenía que "dar gracias". Nadie había enfermado, la casita que habitábamos era nuestra, mi honrado padre trabajaba en lo que le gustaba y vivíamos de lo que él ganaba, no con lujo, pero sin las tribulaciones que atosigan a tanta gente. Mi hermano, mi hermana y yo estudiábamos y conocíamos lo que era divertirse: pasear, bailar, cantar, reír a carcajadas con amigas y amigos. en fin, disfrutábamos la existencia a plenitud, con la dicha de tener a nuestro lado a esos dos seres que nos dieron la vida. ¡Nada nos hacía falta!

Y unidos a la devoción de mi madre, dábamos gracias... pero algo desde entonces y aún antes, desde que era niña, me inquietaba. ¿Por qué unos pocos tienen tanto y tantos tienen tan poco o casi nada o nada?

Ese pensamiento enraizó en mi mente y fue creciendo y quedó en él como un árbol centenario indestructible. Y la semilla de ese árbol ha caído también en muchas mentes.

Y como en la mía ha crecido y se torna indestructible porque son muchos los años ya de dolor, tristeza, de la pena que ha desparramado entre millones de seres, la desigualdad creada por la avaricia de los poderosos... Y no les bastó la riqueza, quisieron el poder y la perversidad se los dio, y con él la injusticia que traía su bagaje de crimen a cuestas y en costal aparte, la impunidad que los vuelve intocables.

Por eso tal vez cada año son menos los pobres resignados que "dan gracias"... ¿Dar gracias por qué? ¿Por la esperanza fallida?

Notas de la Dirigente del Comité ¡Eureka!